Apuntes para una correcta educación, #1 (me temo)
Yo, de niña, leía Il Male. Empezó a salir a finales de 1977, yo tenía 4 años (y medio) y sabía leer desde hace un año. Recuerdo que lo hojeaba tendida en los asientos de atrás de nuestra 4 latas blanca. Los número se acumulaban, y yo de vez en cuando volvía a sacarlos y los hojeaba otra vez. Recuerdo la muerte de papa Luciani (morto un papa se ne fa un altro, muerto un papa se hace otro), el asesinato de John Lennon, el caso Pecorelli, La Malfa todo arrugado, Aldo Moro que fregaba los platos. Tiene que estar en algún lugar, esos viejos números 8casi todos), en casa de mi madre.
Junto con el Male entraron en casa Rank Xerox, Metal Hurlant y Totem, algún Frigidaire, los cómics de Crepax (Valentina y l’Histoire du Soldat), Altan (si alguna vez llego a tener una hija, se llamerá Ada también gracias a ella), Bilal, Moebius y Jodorowski, Asterix, Quino, El Mono de Oro de Milo Manara y, naturalmente, Andrea Pazienza.
De Paz no digo nada que si no me emociono.
Todos estos cómics (además de libros, discos, exposiciones y experiencias variadas, pero ese es otro discurso) estaban a mi alcance en casa, y nunca podré agradecerselo lo suficiente a mis padres. Nada era prohibido, ni recuerdo moralejas. Yo miraba, procesaba (quién sabe cómo), y digería. Omnivora también en esto, con el Male leía el Corriere dei Piccoli y Topolino, Mujercitas y Gianburrasca, Cipí y Rodari.
León empezó a leer con 5 años (y medio), y ahora lee La Feria de los Inmortales de Bilal, además de Dylan Dog, la Enciclopedia de los animales, la Guía de los peces del Mediterráneo (su primer libro favorito), Los lobos en las paredes de Neil Gaiman, el libro de Banksy… estoy orgullos de todo eso, pero echo en falta la sátira.

