amigos, peros y cuartuchos
Hace años, quince más o menos, escribía cartas. Estaba en Cork de Erasmus, y escribía largas cartas a Michele, que estaba en Berlín, de Erasmus también. Michele guardó esas cartas, y después de algún tiempo me hizo El Regalo Más Bonito De Mi Vida. Seleccionó trozos de cartas, cortó y pegó, copió en papel de transparencia, cortó trozos de madera, midió cartulina, y se presentó en mi casa con tres cuadros. Era una trilogía, Anna Libera Comunarda I, II y III; recuerdo los títulos de dos de ellos: El cuartucho y Los peros. Quién sabe cuál era el tercero. No puedo saberlo porque en estos quince años y en las muchas mudanzas (siempre me han seguido, en los pisos de Venecia, en Pordenone, en el periplo por España) los marcos se han deshecho y los cuadros destruidos. Quizás algún día Michele volverá a encontrar esas cartas y podrá hacerlos otra vez. Quizás hará una serie nueva, basándose esta vez en los correos electrónicos y en las conversaciones en Skype.
A veces olvido cosas, olvido hechos y también olvido cómo era yo. Entonces llamo Michele. Él se acuerda; es mi memoria, mi disco duro externo viviente. Un día escribirá mi historia, o mejor -si algún día alguien escribirá mi historia, podrá ser sólo él.
El cuartucho era mi espacio personal que necesitaba (y necesito), y que muchas veces parecía incompatible con mis relaciones: cómo encontrar alguien que me quisiera y que supiera cuándo dejarme que me encerrara en mi cuartucho? Así de despegada e independiente me sentía. Luego pasaba uno y yo, ponf, me caía del pero. Como una pera.
De peros de los que caerme ha habido muchos, y habrá, y estoy contenta de ello; han dado frutos -amigos, la mayoría de ellos deliciosos. Michele ha estado siempre ahí, ha sido el primer pero del que me cayera en mi edad adulta, y ha visto todos los demás. Me ha acompañado en este viaje digamos bucólico en el huerto de mi vida. Hemos bebido litros de té durante horas de conversación, giorgiovittoriotiziano, pero también Marco, y Andrea, y Alvise, y Leónard, y Manfredi, y Francesco, y Murray, y el que estudiaba medicina en Padua, y el sueco, y el alemán, y los que me he olvidado porque tengo un corazón feliz que se olvida de las cosas tristes. De los otros ha sabido todo, y quiero decir todo, detalles que más íntimos imposible -y cuidado, RECUERDA TODO. Desde hace doce años el té nos lo tomamos al teléfono, hay menos detalles picantes, han nacido niños y el trabajo va como va, los peros se hacen más raros, pero sigue habiendo. Ya no tenemos veinte años, los cuarenta se acercan, y seguimos hablando de corazón y de amor, de amistad y de entusiasmo, de emociones y de batticuore.
Un beso, Michele, porque te quiero, y porque te echo de menos.
