Soy una maniática de la comida. Que eso vaya como premisa a todo lo que voy a escribir.
No es sólo que me guste comer, o cocinar. Y no soy en absoluto una obsesa de dietas salutistas. Me gusta saber cómo se producen los alimentos, cuál es su verdadero coste, el impacto en el ambiente. No creo que haya ningún elemento alimento prohibido – en mi despensa hay mantequilla y aceite, carne de cerdo y pollo, arroz blanco y cereales menos comunes, coca-cola y manzanilla. Creo que todo tiene su sitio, su por qué, su medida.
Disfruto de una hamburguesa de BK como de mi pan hecho en casa, de la coca-cola y de un vaso de agua del grifo.
Sentarme a la mesa para comer es importante; no me preocupa el galateo, y confieso que cuando León eructa muy fuerte tengo que aguantarme las risas. En nuestra mesa se puede leer -si estamos todos de acuerdo, es la regla- ya que así se unen mis dos pasiones.
No tenemos mesa camilla, y no comemos en el sofá. Esa gran mesa de madera que nos llevamos a cuestas de piso en piso desde el ático de la calle Lavapiés es el centro de nuestro salón. Sentados a ella han comido decenas de personas, en ella hemos dibujado planos de pisos, hecho cuentas, apoyado ordenadores y acariciado gatos.
A ella se han sentado nuestros hijos, desde que han podido mantenerse sentados: nunca han tenido trona, sino una silla adaptable de Stokke que les permitiera estar a la mesa junto con nosotros. Lo más importante, para la educación alimentaria/culinaria/social de un niño es compartir las comidas con los demás. Es una convicción que tengo y cuya validez me ha sido demostrada una y otra vez.
Comer no es una necesidad, sino un acto social y cultural: aprendes a comer viendo a tus padres comer. Disfrutas de ello si ellos lo hacen. Te atreves con cosas nuevas si atreverse la curiosidad es una calidad en tu familia.
De cómo hemos dado de comer a León y Linus tendré que hablar en otro momento – ya me estoy alargando mucho. A lo que quiero llegar es por qué hemos metido a ambos en el comedor de la guardería primero y del colegio después desde que hemos podido.
Los niños son conservadores por naturaleza. Quieren repetición, lo seguro. Eso está bien y es útil por muchas razones, pero también quienes los educan (los padres, es de esperar) tienen que enseñarle a ampliar sus círculos de seguridad. Quise que comieran ‘del comedor’ para que comieran cosas distintas a las que cocinábamos en casa. Comidas que nosotros no preparábamos, o que hacíamos de una forma distinta. Al ser yo italiana, además, quería que se acostumbraran a la comida tradicional española/andaluza.
El valor del comedor, a parte dejar una hora más de respiro a los padres, está sobre todo en el hecho que todos los niños comparten la experiencia de la misma comida. Todos comen lo mismo; a veces les gustará, a veces no. Pero es lo que hay. Quizás no le guste un plato, pero al niño a su lado le encante, y pensará “vaya!”; y no tiene ahí a su madre o a su padre que piensan que cada bocado que deja en el plato es un paso más hacia una muerte segura por desnutrición (psst: los niños, si tiene hambre, comen. Otra cosa es que son listos e intentan comer lo que quieren ellos y no lo que quieres tú). Y ¿sabéis qué? En el comedor los niños suelen comer mucho mejor que en casa. Porque la comida ahí no puede ser utilizada como arma arrojadiza, porque a los niños se les deja un tiempo para que coman solos sin agobios, y se les da autonomía.
Incluso cuando el menú (en la guardería) no me convencía -comían algo que fuera claramente verdura una vez *al mes*- sabía que los pros eran más que los contras. Estaba exponiendo mis hijos a experiencias distintas, nos daba algo del que hablar. Podían comer socialmente – mientras que en casa, por diferencias horarias en nuestros trabajos, hubieran comido a menudo solos.
El comedor del colegio donde están ahora tiene defectos, seguro. El catering no contrata suficientes monitores; a veces la comida está mal descongelada. Cuestiones logísticas que me gustaría que se arreglaran. Los menús? Me encantan.
Hace dos o tres años (miraré la información exacta) la Junta instó a las empresas de catering de los comedores escolares a modificar los menús siguiendo ciertas pautas: nada de comida frita ni precocinada; disminución de carne roja en favor de carnes blancas y pescados; utilizo de legumbres, hidratos de carbono, fruta y verdura.
Al primer cambio hubo revuelo, incluso por parte de las empresas de catering, que de pronto vieron como no podían arreglárselas con patatas fritas y palitos de merluza, sino que debían estrujarse un poco los sesos para hacer una comida sana y apetecible. Pobres.
Los padres de mi colegio (muchos o por lo menos muy ruidosos) llevan dos cursos quejándose: que si los niños comen poca carne, que si hay demasiada verdura, que si hay platos ‘raros’, que nunca tienen lácteos, que si el niño no me come y tengo que darle más en casa porque claro, mira cómo está [NdR: está muy bien].
El menú de León y Linus prevé un aporte calórico medio de 600-700 kcal (considerando una necesidad diaria de entre 1300 y 1600 kcal, más que suficiente), y entre 21 y 27 g de proteínas por comida (considerando que *al día* necesitan entre 20 y 28 g, y que un vaso de leche aporta ya 8 g, de sobra).
Comen carne (casi siempre blanca, pollo o pavo, a veces cerdo) una vez a la semana, pescado dos, legumbres dos o tres veces. Hay verdura cada día, bien como ensalada, bien como menestra, puré o pisto. Hay hidratos de carbono (pasta, arroz o patatas, a parte el pan por supuesto) cada día. Y de postre siempre y sólo fruta fresca (manzana, pera, melón, kiwi, mandarina, naranja, según la temporada). Hay más proteínas añadidas porque a veces están en las salsas o en los guisos (pasta a la boloñesa, potajes).
Las quejas que hemos oído, de primera mano, Juan y yo, han sido:
- los niños comen fruta todos los días (deseo de esos padres: yogures -azucarados supongo-, natillas, petit suisse)
- los niños no comen carne (deseo: carne todos los días, y a ser posible de vacuno)
- los niños comen comida congelada (consideran que congelado equivale a de mala calidad)
- los niños comen demasiada verduras (a los niños no les gusta, en casa no la comen, en el comedor tampoco, se mueren de hambre)
Juan ha oído una madre preguntar si podía hablar con el monitor que atendía a su hijo para poderle explicar cómo darle de comer. Otros se han quejado de que le dan pescado barato; porque ya se sabe, para mi niño, lo mejor de lo mejor, sólo lenguadito del bueno! A parte, que en el comedor de L&L he visto merluza, mero, lenguado, atún. Ya me gustaría que les dieran caballa y sardinas, pero igual tienen un sabor demasiado fuerte y demasiadas espinas para que sea factible.
Hay niños de Infantil, de 3 o 4 años (espero que no más grandes) que aún desayunan leche con galletas en biberón. Muchos de 3 años que llegan en carrito (“Es que está cansado”. Nosotros andamos los 950 metros de casa al colegio todos los días, ida y vuelta; los niños vienen de fábrica con un par de piernas y, sí, las saben utilizar. Si llueve se mojan, o llegan algo más tarde. Si hace calor sudan. Si están cansados se aguantan.)
Y ayer, a la salida del comedor nos han entregado esta carta de delegación.
Estimado/a Padre! Madre:
Un año más estamos trabajando para mejorar el menú servido a los escolares en los centros de enseñanza de infantil y primaria de la ciudad de Sevilla.
Con el fin de mejorar nuestros hábitos de alimentación familiar y comprender mejor el sistema con la que se confeccionan los menús en los comedores escolares, os invitamos a realizar algunas reflexiones sobre tópicos existentes en la alimentación.
¿Es cierto que…?
La comida del comedor está destinada a niños obesos.
Falso. La comida del comedor aporta toda la energía y todos los nutrientes que el niño necesita en el almuerzo, por tanto es una comida completa.
El arroz, la pasta o el pan integral adelgazan.
Falso. Los cereales integrales aportan más vitaminas, minerales, fibras y ácidos grasos esenciales que los refinados y por tanto son más adecuados en la alimentación infantil.
Las verduras y frutas casi no aportan nutrientes.
Falso. Las frutas y verduras aportan vitaminas, minerales y sustancias fitoquímicas que ayudan a prevenir muchas enfermedades, y que no se encuentran en otros alimentos.
Hay que comer mucha carne para estar fuerte y crecer.
Falso. La carne hay que comerla en su justa medida, actualmente tenemos un consumo exagerado de este alimento, lo que lo convierte en potencialmente perjudicial.
La comida del comedor no es adecuada para los niños.
Falso. No existe una comida específica para niños, los gustos se crean en la infancia. ¿Queremos crear hábitos saludables en nuestros hijos?.
Si el niño no come verduras ahora ya las comerá de mayor.
Falso. Los hábitos de los niños se configuran generalmente antes de los 12 años, por eso es importante seleccionar adecuadamente antes de esa edad los alimentos que les ofrecemos.
Es muy importante el ejercicio físico. Estimule en sus hijos la práctica de actividades que contribuyan a su desarrollo y evite el sedentarismo.
Evidentemente tienen que haber recibido tantas quejas de este estilo, que han tenido que explicarnos cosas tan básicas como que la fruta y la verdura es nutritiva. Cosas que me dan vergüenza ajena. Me da vergüenza estar asociada a padres que piensan que la pasta integral es adelgazante (ahora me explico por qué la gente va a NaturHouse para perder peso). ¿Cómo podemos lograr que la escuela y la administración nos tomen en serio si las quejas son estas? Si lo que piden los padres es que a sus hijos se les de todo en bandeja – todo tiene que ser fácil: el uniforme porque así no se discute qué ropa ponerse (y no hace falta plancharlo, con un 60 u 80% de poliéster se queda tieso al salir de la lavadora); la comida para que el niño coma rápido y mucho; el coche o el carrito para llegar rápido y aparcar en tercera fila.
No sé ni cómo acabar este post, me siento impotente. No siento pizca de placer al pensar, con arrogancia, que yo tengo razón y ellos no. Me siento bicho raro, y aunque esté acostumbrada a ello… uff.