Las fotos de Elena en el mercado de Trento me arrancan suspiros de morriña. Cuando vivía en Pordenone, los miércoles y los sábados por la mañana tenía el mercado literalmente detrás de mi casa, en Piazza della Motta (que sería Mota, pero todos dicen Motta). Frutas y verduras, quesos, pollos vivos, flores frescas. Cajas y cajas de ensalada al corte – rúcola, valeriana, soncino, brotecitos. Una vez a la semana, unas flores – anémonas y ranúnculos y fresias, a veces tulipanes. Amarillos, rosa, fucsia, morados.
Las anémonas siempre me recuerdan a un cuento que tenía de niña, , Rosa caramelo de Adela Turin.
Érase una vez, en el país de los elefantes, una tribu en la que las pequeñas elefantitas tenían que comer exclusivamente flores rosa para que tuvieran los ojos brillantes y la piel suave como la de sus mamás. Para empujarlas, les ponían calcetines rosas, un elegante cuello y un lazo también rosa. Ellas miraban encantadas sus hermanos y primos, todos grises, jugar y retozar en la hierba y en el barro. No obstante las anémonas y las peonias, Pasqualina no lograba asumir el color rosáceo de las otras elefantitas. El color gris de su piel preocupaba mucho a sus padres, que se preguntaban quién la habría pedido en esposa.
Naturalmente Pasqualina logra obtener la libertad para sí y para sus compañeras (dejan de comer las flores y vuelven a estar grises, y ya no se les pude distinguir de los elefantitos – por lo menos creo que este fuera el final, el libro está en casa de mi madre en Roma y no puedo controlarlo).
De Adela Turin es muy bonito también La verdadera historia de los bonobos con gafas.
Donde las bonobas, harta de los bonobos vagos y tontamente instruidos, primero intentan hacer lo que hacen ellos (aprenden inglés, se ponen las gafas), luego los mandan a freír espárragos y se marchan al bosque a hacer todo lo que las hace realmente felices. Los bonobos tienen que empezar a buscarse la comida, y algunos, al parecer, pidieron a las bonobas quedarse con ellas, en el bosque, a compartir esa vida tan agradable.
*título de una popular canción italiana de 1939. “Maramao ¿por qué te has muerto?”. El texto dice: “Maramao, ¿por qué te has muerto? / pan y vin no te faltaban / la ensalada estaba en el huerto / y una casa tenías tú”. Cuando pienso en ensalda, siempre pienso en esta canción.







