
En febrero colgaba esta foto de mi último intento de decoración en el piso nuevo. Aficionada a las tortas de aceite, había visto que todas tenían el mismo tipo de envoltorio, un papel parafinado con un logo sencillo y viejorro en azul. (Ahora, diciembre 2011, tengo 5 cuadros en total, y otros 3 o 4 papelillos que esperan a que suba a Ikea a por más marcos). Quien venía a casa siempre acababa fijándose en esos cuadros, y la pregunta era siempre la misma: ¿Por qué?
Ahora, a parte que preguntar a un coleccionista por qué hace lo que hace no lleva a ningún lado – la única respuesta posible es “Porque sí” o, mejor, “¿Por qué no?” – una razón realmente la hay. Más allá de la estética, y más allá del gusto, o más bien aúnando estas dos cosas, las tortas de aceite para mi son Sevilla. Pero no la Sevilla de los tablaos flamencos, de la sangría, o de la Semana Santa y la Feria, o la de la Alameda, o la de los bares de tapas. Son la Sevilla cotidiana, en la que no reparas, pero que cuando te alejas la echas de menos.
Pero ese papel blanco con letras azules también me provocaba curiosidad. ¿De dónde venía ese estilo? ¿Empezó uno y los otros siguieron? ¿Por qué azul? En eso estaba, cuando me escribieron en Flickr desde Inés Rosales. Les había encantado la idea, y querían agradecérmelo enviándome algo, pero yo tenía algo mejor en mente: ir a visitarlos e intentar descubrir la historia de ese papel.

Polvorones de canela sin grasas animales: ¿habéis notado los corazones?
Este viernes por fin hemos podido visitar a la fábrica – de la visita hablará más Jorge en su blog. Sólo puedo decir que ahora, cada vez que doy un mordisco a una torta de aceite, pienso en una de esas 16 señoras que producen todas las tortas de aceite Inés Rosales que circulan por el mundo (y no son pocas).
Yo me pasé la visita preguntando a todo quisquis – ¿Quién empezó a envasar las tortas de esa manera? Inés Rosales es la primera productora de tortas de aceite, pero hay otros – Porres, Gaviño, Upita… – que venden tortas de aceite con un parafinado muy parecido. Lo primero que conseguí averiguar es que efectivamente fue Inés Rosales la primera que comercializó la tortas de aceite, que hasta entonces eran sencillamente una receta de la zona del Aljarafe. Detrás de ella fueron los demás – en la fábrica nos lo repetían como si fuera un problema, mientras que ahí yo lo que veo es claramente un éxito: son tan buenos en todo lo que hacen que la competencia los imita en todo lo que puede.
Establecer esto era importante: si sé quien hizo ese tipo de parafinado primero, puedo centrarme en descubrir por qué ellos lo hicieron de aquella manera. El uso del papel parafinado en sí no tiene misterio: en 1910 (y hasta hace no mucho) los alimentos, vendidos a granel, se envolvían en este papel encerado para que no traspasara la grasa. Muchos otros fabricantes han dejado el parafinado en favor de tarrinas, latas y otros plásticos, mientras que las tortas de aceite se han mantenido como antaño, aunque el papel haya ido afinándose.

Parafinado de Inés Rosales ca. 1944
Muy bien, pero ¿y el azul? ¿Era la única tinta disponible? ¿La más barata? ¿Fue casualidad? ¿Estaré preguntando tonterías? Ya veía que me iba yo de la fábrica sin respuesta a mis dudas existenciales, cuando llegó Juan Moreno, el dueño actual de Inés Rosales. Un beso en la frente, debería haberle dado, en vez de estrecharle la mano. Porque cuando le volví a repetir, incansable, la pregunta – total, ya soy la loca de los parafinados, una más una menos… – me lo contó. Es una historia sencilla, y como todas las historias sencillas, perfecta.
Castilleja de la Cuesta se divide entre rojos y azules. Los rojos son los de la plaza de Santiago (que lleva una cruz roja en el pecho), mientras que los azules son de la calle Real. Inés Rosales (calle Real, 102), era de los azules. Así de sencillo.