Los martes por la tarde llevo León y Linus a clase de pintura. Es en una buhardilla que se cae a trozos, parece casi de mentira porque se corresponde a la imagen estereotipada del atelier de un pintor. Se ponen el delantal, preparan los colores en la paleta, y cada uno es responsable de sus cosas – preparar las sillas para la merienda, limpiar después, ayudar a los más pequeños…
Ya hace frío, y para salir me pongo mi capucha negra y plata. Mercedes, la pintora-maestra, me pregunta dónde la compré, y yo dudo un momento en contestar…
La compré en Internet – es una frase que aún me cuesta decir. Es verdad que la gente ya no pone caras raras cuando la oye, incluso mi suegro hace la compra online a veces. Es una reacción instintiva desde cuando comprar libros en Amazon parecía una excentricidad, los billetes electrónicos de Virgin Express algo fantasioso, y la ropa de los niños comprada usada en eBay cosa de locos.
(la capucha es de Sue Havens; las hacía a mano, reciclando jerseys.)




