La Navidad es ya pasada, pero realmente para mi no se acaba hasta la Epifanía. En Pordenone ha parado de llover, y ahora nos espera el frío gélido. El pasado jueves, aún con amenazas de lluvia, salimos para poder ver el árbol de Navidad de la plaza principal. De niña estaba en otro sitio (de hecho, tengo la duda de que cada año trajeran un gigantesco abeto sólo para eso), y el tiempo de la Navidad empezaba cuando veía que empezaban a adornarlo.

Me gusta como las decoraciones siguen siendo muy sencillas, muchas lucecitas, la estrella cometa en la punta y nada más. El árbol de los años ’70 llevaba enormes bolas (las más grandes abajo, las más chicas arriba), quién sabe si de cristal o de plástico.
Pequeñas compras. Creo haberlo ya dicho, y si no me repito: 2011 va a ser el año de la pasta fresca y de los gnocchi. Me he hecho con unas cosillas que pueden facilitar el trabajo, y que aquí se encuentran en cualquier tienduca y son baratísimas. Una ruedecita dentada para cortar la pasta (pero también la utilizaré en Carnevale para hacer los crostoli, u orellas), un cortapasta para tipo ravioli, una tabla de madera rayada donde ir pasando los gnocchi, o si fuera más aventurosa ir formando unos garganelli. El rulo de acero es para extender la pizza, a ver qué tal se nos da! El miércoles 29 hay mercado, espero encontrar alguna otra cosilla interesante.

Coincidencias. Acompañando mi padre a recoger el Parmigiano de su GAS (Gruppo di Acquisto Solidale) (¡interesante sería hacer algo así en Sevilla!), descubro que la otra GASista es de Puglia, y empezamos, como no, a hablar de recetas. Me encuentro ahora con las fotocopias de un precioso libro de recetas de Altamura. Además, se dedica al tombolo (encaje de palillos), y tiene veneración por los que se hacen en la Costa da Morte en Galicia (para que las conexiones entre Puglia y Galicia sean siempre más extrañas!). Como si todo esto no fuera suficiente, me ofrece un amaretto… y aún conservo el papelito. Es tan parecido a los de los dulces andaluces, que tengo que enmarcarlo al lado de los otros.

Pausa chocolate. Paseando por el Corso hay que parar en Peratoner, y León exige su chocolate caliente con nata montada. El chocolate es oscuro, más bien hacia el líquido que hacia el denso, y nada azucarado. Amargo, vamos. La nata es fresca y tampoco lleva azúcar. Se añade al gusto, y su sabor graso y neutro suaviza el amargo del chocolate. León me sorprende, tomándose toda la taza.























